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domingo, 15 de marzo de 2015

DESEOS DE MI SOCIEDAD

CODIGO 32]\
Por Eugenio Taveras
La sociedad me pide y desea que yo adquiera un celular de última generación, y se lo agradezco; pero esa misma sociedad, formada por todos nosotros, también quiere que compre un vehículo, y de verdad me siento bien por sus sinceros deseos; mi sociedad, tu sociedad, nuestra sociedad, esa sociedad a la que tú y yo pertenecemos, anhela que yo tenga mi casa, y de verdad que me siento bien por esos parabienes.

Quiero decirle a esa sociedad que cualquiera quiere estar en esa posición y sin deberle un centavo a nadie es mucho más placentero; sin embargo, nos hemos acostumbrados a vivir de las apariencias y es posible que todos los días veamos a amigos con celular hoy y sin celular mañana; montados hoy y a pies mañana; con casa hoy y pagando alquiler mañana.


Escuchamos por doquier a una caterva de pelafustanes haciendo alarde de tenencias inexistentes, vendiendo posiciones que solo las han tenido en sueños, pero se los está llevando el mismísimo diablo; conocemos de muchos que por adquirir un celular o un carro pasan hambre o se meten en líos económicos de los cuales no pueden salir y más adelante se ven con la soga al cuello. 

Quiero decirles a todos que entiendo lo bien que se siente el ser humano viviendo cómodo: con suficientes ingresos venidos del trabajo honrado, un celular caro, un vehículo de último modelo, una casa propia en un sector exclusivo y con las tres seguras; que entiendo esos buenos deseos, sin embargo, deberé restregarle una y otra vez a los miembros de la sociedad que no sufran lo que yo no sufro, que cada quien tiene problemas suficientes para estar perdiendo el tiempo con problemas ajenos.

Sí puedo confesarles que uno de los mayores placeres que he experimentado es no recibir, en las puertas que me ha tocado vivir, un cobrador desde que inicié mi primer trabajo hace casi treinta y seis (36) años, de los cuales, veinte y seis (26) fueron absorbidos por los placeres de la calle, cuya carrera desordenada terminé cuando por fin acepté, un 12 de septiembre de 2005, ser un enfermo alcohólico y que en casi diez que llevo sin consumir bebidas de ningún tipo, no es posible recuperarse del derroche antes descrito.

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