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jueves, 21 de junio de 2012

Leyenda de la Sirena encantada de Guinea

CODIGO 32//MITOS Y LEYENDAS
Cuenta la leyenda que en Guinea Ecuatorial, una menuda sirena de rasgos peculiares, de imperecedera juventud, orgullosa y altiva, dotada de singular encanto, platina y esbelta, habita en sus mares del sur, dónde el verano envuelve gran parte del año, y el cielo y el agua se hacen uno entre los cerros cubiertos de algas silvestres.
Es parte de los mitos de dichas tierras, siendo la criatura mágica más solitaria y misteriosa de todas. Al cantar, parece ser hermosa doncella,y los que sucumben ante su encanto, a quién atrae por su belleza y sus canciones, otorga poderes fálicos sobrenaturales.

Obsesionado aleatoriamente como fuente de conocimiento y follabilidad, decidí comprobar si la leyenda era cierta. Mi distanciamiento con Jacinta, inmersa en la publicación de su primer libro, y especialmente mi diminuto pene, bien merecía la pena tan arriesgada aventura.

Llegué hasta el puerto de Barcelona y astutamente logré colarme en un buque carguero que estaba haciendo escala. Sólo pude saber que se dirigía a Sudáfrica. Con desesperación, inconsciencia pueril, un par de mancuernas, tres bolsas de palomitas para pasar sed durante la travesía, una sonda rectal para administrarme enemas en momentos de aburrimiento y una brújula casera, me escondí en la bodega, debajo de los motores, en un pequeño zulo que apenas me daba para extender mi metro sesenta.

Tras dos interminables semanas de viaje, deshidratado, aturdido por el ruido de los motores, y ya sin posibilidades de racionar la palomitas que eran parte del pasado, mi brújula advirtió que el barco surcaba la costa guineana. Sigilosamente subí a popa y me tiré varonilmente al mar. Empecé a nadar chulescamente estilo mariposa. Apenas aguanté 100 metros. Pasé a hacerlo estilo crol, centrándome en mantener la cabeza fuera del líquido. La visibilidad era nula. El cansancio empezaba a hacer mella en mi cuerpo, y las mancuernas me pesaban como si fuesen una coraza. Ya no controlaba el ritmo, y mi nado era irregular y torpe. Braceaba  ya como un canino que se está ahogando.

El cansancio, los calambres en las piernas y las pirañas que cruelmente  mordisqueaban mi escroto, me impedían mantenerme a flote. Pero yo era un guerrero del dolor, un gladiador del calvario. Pensé en Falte y al momento empecé  subir hasta llegar a la superficie. Ya estaba cerca, podía notarlo. La temperatura del agua había subido, lo cual me indicaba que me encontraba cerca de la orilla. Empecé a ayudarme con mis pies dotados de uñas como mejillones y manos en un arenal que yacía bajo el agua y que subía hacia la playa, y así fui avanzando, por debajo del agua salada, hasta llegar a la costa donde caí desmayado.

El océano se agitó de una manera extraña y con rumor formidable, mientras un resplandor rojizo iluminó el cielo. Eran los primeros rayos de sol que me despertaron de mi profundo sopor.  Traté de poner en orden todo lo que estaba pasando, y dediqué unos minutos a reflexionar. Recordé como encontré a mi madre en Meetic.com. Estaba completamente desnudo en una paradisíaca playa. Giré mi cabeza en busca de mi zurrón, en el  que celosamente custodiaba mis chupicromos y las mancuernas, y suspiré aliviado, seguía a mi lado. Las gaviotas chillaban atrozmente entre los abruptos roquedales y picoteaban sin piedad los parásitos que anidaban en mi cabeza. Me agarré los labios, intentando contener un alarido y lloré. Lloré desconsoladamente. Estaba solo, abandonado. No había nadie que pudiera socorrerme. Miré mi liliputiense pene. Él tenía la culpa de todo aquello. Maldito cabrón.

De repente, por la ladera de aquella frondosa selva que conducía a la playa, oí caer unas piedras que rebotaron contra las palmeras silvestres. Instintivamente me volví hacia aquel sitio, y vi una extraña silueta que se ocultaba, con gran rapidez, tras el tronco de un ciprés. Empecé a recordar tantas historias que había escuchado acerca de los caníbales, pero aquella silueta era perfecta, esculpida tan celestialmente, tan delicadamente, que no podía ser un antropófago. La silueta femenina, se adentró corriendo como una madre en la selva. La seguí. Tenía un paso tan ligero que se podía mover libremente por la jungla, observando sin ser observada. Podía moverse con mucho sigilo. El ruido que hacía se podía comparar con el de los ángeles tímidos. Primero retrocedía y me seguía como una sombra. Después aparecía de repente por delante, y asomaba medio rostro, atisbando con un dorado ojo desde detrás de un árbol. Bruscamente, la silueta dio media vuelta y, en un borroso revoltijo en el que a duras penas puede distinguir su platino cabello, se desvaneció para retroceder y situarse una vez más a mi espalda. Me giré viendo como huía de mí por entre las malezas de un bosque nocturno iluminado por luciérnagas colosales. Empecé a cabrearme, lanzándole atrevidos insultos -" ¡¡¡Zorra!!!, quieres dejar de jugar al escondite!!. Sal de una puta vez!!!"-. Un eructo y el rumor de risotadas fueron su respuesta. Un brutal collejón, me hizo girar jadeante. Pero no había nadie. -"Pichacorta!"- susurró una voz desfalleciente. -"La madre que te parió, sal y da la cara só puta!!!!- le contesté contrariado. Un enorme pedrusco impactó de lleno contra mi cabeza, causándome una atroz brecha. Miré a ambos lados, volaba una mariposa pura como un limón, ganando entre el agua y la luz, mirándome y riéndose de mí como una demente. A mi lado me saludan con sus cabecitas amarillas las infinitas calceolarias pero ni rastro de la figura femenina. Me senté en un altozano. Un hembra de chimpancé, tocando platillos, se acercó a mí. estaba en celo, quería poseerme. Cogí un trozo de madera carcomida y le solté un atroz estacazo en la cabeza, dejándola moribunda en el suelo. Un búho, observaba, con retorcido placer, la caída de su enemigo.

De pronto escuché un gemido agudo y seco. Provenía de la maleza. Sentí cómo se paralizaron todos mis músculos. Dubitativo, emprendí el camino en esa dirección. Los árboles se confundían entre ellos, y sentía una especie de humedad que me envolvía. Justo en la base de un árbol, desplomada de bruces, la figura femenina, entre alegre y vergonzosa, se masturbaba con una especie de fruta silvestre apepinada. Era tan bella que parecía un ángel, un hermosísimo querubín; joven y vivos colores en su rostro: sus mejillas estaban encarnadas y sus labios parecían de coral, dejándome ver al sonreír su boca, de medio lado, aquellos dientes de blancura inverosímil, compañeros inseparables  de húmedos y amorosos labios; sus mejillas mostraban aquel sonrosado que en las mestizas de cierta tez escapa por su belleza a toda comparación. Era la sirena. La había encontrado. La bella sirenita cerró los ojos y disparó un potente destello de luz, encegador. Desprendía una luz brillante aturdidora que me dejó sin visión durante unos minutos. Al recobrar la vista, la sirena había desaparecido. Ni rastro de ella. Se había disipado por completo.
Retomé el camino de regreso afligido, contrariado por no haber podido entablar conversación con ella. Paré a orinar, y al coger mi pene aprecié con inmensa alegría que éste había crecido 10 cm. La leyenda era cierta.


Publicado por 
Anastasio Prepuzio 

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