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sábado, 11 de febrero de 2012

Peligrosa fiebre del oro ataca a Bolivia

CODIGO 32/ ECONOMICAS
SUDAMÉRICA | Extracción en un pequeño pueblo del país
Un cosquilleo, parecido al de una suave descarga eléctrica, recorre a los que hacen la vigilia junto al socavón. Faltan pocos minutos para las cinco de la tarde que es cuando las dragas dejan de trabajar y los hombres y mujeres de San Ramón, un pueblito de la provincia de Santa Cruz (Bolivia) están autorizados para buscar oro.
 A la hora convenida, ellos descienden en hilera hasta el fondo del cráter de 15 metros de profundidad y 400 de diámetro, donde se encuentra el precioso mineral. Las pepitas yacen ocultas entre las piedras que conforman en el lecho de un lodazal. Un acuerdo entre las autoridades nacionales y el municipio de San Ramón ha permitido que las cooperativas mineras reanuden sus actividades extractivas, que estaban prohibidas desde el 2010. En virtud de ese convenio, los particulares también pueden probar suerte, siempre que utilicen herramientas rudimentarias y no traigan maquinaría pesada.

Y las herramientas son las mismas que los buscadores de oro han empleado desde tiempos remotos. Quién no ha visto los viejos daguerrotipos de sujetos con sombrero de ala ancha y pistola al cinto, agitando el cedazo a orillas de algún río cuando la fiebre del oro atrajo a decenas de miles de caza fortunas a California en 1848. Lo mismo en Tierra del Fuego, donde el aventurero Julio Popper inventó la "cosechadora de oro" para extraer el mineral de los riachuelos, cerca del canal de Beagle.

En San Ramón la gente no se disputa las vetas a tiros ni se escucha el sonido escandaloso de las pianolas tocando en un bar de mala muerte. Pero el brillo de codicia en las pupilas es el mismo de siempre. Familias enteras acampan cerca del yacimiento, con los perros que vigilan sus pertenencias y alguna gallina para saciar el hambre al término de la jornada, que se prolonga hasta que ya no pueden ver a un palmo de sus narices.

Roberto Navia, periodista de El Deber, convivió con esa gente y compartió sus anhelos. Quizá el también se contagió del virus, pero resistió la tentación de sumergirse con el lodo hasta la cintura y mecer la escudilla que se usa para separar las pepitas de la escoria. "Nosotros recogemos las migajas del banquete que se caen de la mesa", escuchó decir a Luis Varela, quien trabajando en reparación de neumáticos pinchados, ganaba 200 bolivianos (21 euros) a la semana. En cinco días de trabajo, Varela llega a extraer entre uno y dos gramos del mineral. Parece poco, pero los 560 bolivianos (61 euros) que recibe por el polvillo dorado compensan el dolor de espalda, las horas baldías en la poza y retribuyen con creces el dinero invertido en herramientas.

Como el rey Midas

Rómulo Pascual, un peón de 48 que mastica coca para soportar la fatiga es otro de los que dejaron su trabajo para dedicarse a lo que él define como "pequeña minería". Aunque hay días en que no recoge más que guijarros, a Rómulo le basta con el brillo de unas escamas para sentirse como un Midas. "A veces este trabajo parece una lotería. Pero lo prefiero porque aquí soy dueño de mi tiempo. Cuando era peón y llegaba el sábado, el patrón me decía que no había dinero para pagarme. Aquí, si encuentro oro tengo el dinero asegurado", explica el buscador.

A todo esto, el reportero Roberto Navia constató que en el pueblo es imposible encontrar un albañil, una empleada doméstica o alguien que te saque de aprietos si se atasca el inodoro. Cerca de 4.000 personas acampan cerca del socavón, hablando entre ellas de la cotización del oro, de que a fulano le debe estar yendo muy bien porque anda con cara de póquer... En San Ramón se sueña y se respira oro. Como también está viniendo gente de otras partes de Santa Cruz, ya son diez los campamentos que han surgido en el entorno, dando un impulso al comercio local pues algo tienen que comer los mineros y la ropa se estropea con el agua.

En el pueblo ya se habla de un boom aurífero ya que 46 cooperativas, en su mayoría provenientes de Santa Cruz de la Sierra, la capital de la provincia, han iniciado los trámites para explorar nuevos yacimientos. Pero lo que más evoca a la fiebre de oro de otras épocas y de otras latitudes son los afiebrados que llegan de lugares tan distantes como la provincia de Beni, buscando un cuarto para alquilar. No importa que no tenga cama. Un jergón y por almohada los pantalones bastan para tumbarse y soñar con una vida rodeada de lujos y de placeres.

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