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sábado, 11 de febrero de 2012

El héroe que se olvidó de salvarse a sí mismo

CODIGO 32
Protagonista de “El coche fantástico” y “Los vigilantes de la playa”, a sus 54 años Hasselhoff se ha convertido en un icono “kitsch” y en rey de las búsquedas en Internet. Su reciente divorcio, con acusaciones de maltrato de por medio, y sus problemas con el alcohol han sido aireados por la prensa del corazón. Acaba de publicar su autobiografía y dice que la decisión más importante que ha tomado fue intentar salvar al mundo: “Aunque me olvidé de mí mismo”, confiesa.

Por Laura Barton
Con una figura que parece haber sido tallada en granito, David Hasselhoff –54 años, 1,93 de estatura– logró un gran éxito internacional como protagonista de las series de televisión Knight Rider (El coche fantástico, 1982-1984) y Baywatch (Los vigilantes de la playa, 1989-2001). Y también como estrella de la música pop, campo en el que se hizo famoso gracias a la descomunal popularidad alcanzada en Alemania. Y tal es su fuerza que, incluso hoy día, es uno de los actores de televisión más conocidos y apreciados en todo el mundo, un auténtico icono kitsch, además de gran estrella de numerosas páginas web, de postales de felicitación y de gran cantidad de montajes que viajan por correo electrónico. Además, el actor ha hecho cameos en filmes como Dodgeball (Cuestión de pelotas, 2004) y Spongebob Squarepants (Bob Esponja: la película, 2004) y regresa como secundario en Click dando réplica al chistoso Adam Sandler.

Y por si todo lo anterior fuera poco, David Hasselhoff (Baltimore, EEUU, 1952), con residencia en California, aparece en el Libro Guiness de los Récords como la estrella de la televisión más vista en todo el mundo y la más solicitada en Internet. De hecho, si se hace una búsqueda en Google, aparecen más de 3,9 millones de entradas con su nombre. Sin embargo, alguien podría preguntarse cuál es el papel que una fama de semejantes dimensiones puede haber llegado a desempeñar en el interior de la mente de este actor y a qué clase de inconvenientes le podría haber conducido.

Eso de ser siempre el héroe –el Hoff, como le suelen llamar– debe suponer una carga muy pesada de soportar. Tanto, que no se ha podido librar de que en su biografía aparezcan también elementos oscuros que han llenado páginas y páginas en los diarios sensacionalistas. Y es que a sus problemas con el alcohol, con juicios incluidos por conducir en estado de embriaguez, se unen también las acusaciones de violencia doméstica por parte de su ex mujer, la también actriz Pamela Bach, 11 años más joven que él, con la que estuvo casado 16 años y con quien llegó a trabajar en Los vigilantes de la playa. Fruto de esta relación nacieron sus dos hijas, Taylor Ann y Hayley Amber.

Borracho y descamisado. De hecho, a principios de este verano, los tabloides británicos publicaban que el Hoff se había caído al apearse de un coche todoterreno, apareciendo completamente borracho y descamisado en Wimbledon. También se rumoreó con insistencia que, en el aeropuerto londinense de Heathrow, rompió a llorar desconsoladamente cuando, a causa de la tremenda borrachera que tenía, se vio imposibilitado a subir a bordo del avión que pretendía tomar. Ambas acusaciones las rechaza vehementemente el actor. «Yo no sé si he cometido grandes errores en mi vida», comenta el propio Hasselhoff en un momento de reflexión. «Creo que todos tenemos decisiones importantes que tomar y la mayor y más importante a la que me he tenido que enfrentar es a la de intentar salvar al mundo entero. Aunque bien es cierto que, mientras tanto, me olvidé de salvarme a mí mismo».

En el curso de esta entrevista, Hasselhoff tiene que promocionar su autobiografía, titulada Making Waves (Haciendo olas), editada en EEUU y Gran Bretaña, pero no en España. Da unos golpecitos sobre la cubierta del libro, lo coloca al lado de la grabadora y comenta: «Es un libro que ilustra claramente la manera en que yo he intentado utilizar tanto las series El coche fantástico y Los vigilantes de la playa como mi propia figura de David Hasselhoff de una forma positiva: en hospitales como el de Great Ormond Street [Londres], con la princesa Diana, o en otros de más de 40 países. Es algo así como aquella canción que dice: «¡Yo he sido un muñeco, un poeta, un pirata, un pobre,/ un desgraciado y un rey;/ he estado arriba y abajo, dentro y fuera;/ pero para mí sólo existe un lema:/ cada vez que te sientas deprimido,/ levántate y vuelve a emprender la carrera!».

Hasselhoff sonríe de forma radiante. «¡Eso es! En eso consiste». De hecho, asegura que ha vuelto a ganarse el respeto a sí mismo al escribir el libro en cuestión. «Lo he logrado porque me he podido dar perfecta cuenta de todas las cosas tan extraordinarias que he sido capaz de llevar a cabo», apostilla.
Quizá lo anterior suene a autojustificación, pero es que a lo largo de su trayectoria, ha sufrido un gran desgaste emocional por graves decepciones personales, aunque, eso sí, siempre ha sabido superarlas. «La verdad es que sí que lo jodí todo un poco. Aunque no demasiado. Bueno, ya sabes, todo el mundo la caga de vez en cuando. Pero, cuando alguien trabaja en el mundo del espectáculo, cualquier cosa que le pueda ocurrir se explota al máximo con la finalidad exclusiva de vender más periódicos», argumenta.

Amigo de las querellas. Y es que hablar sobre los medios de comunicación no parece ser su tema de conversación favorito. «En estos momentos estamos negociando con un tabloide que publicó cierta basura con vistas a decidir si planteamos una querella en su contra o bien aceptan publicar una rectificación de lo que dijeron sobre mí. Porque aquello fue una auténtica, no sé cómo decirlo...».

–¿Algo así como basura?, le pregunto.
–¿Eso quiere decir una mierda tremenda?, responde él, maliciosamente.
Siempre ha sido así. La prensa no sólo ha criticado sus series de televisión, sino que, además, ha publicado cuanto ha querido sobre su vida privada. Cuando, en 2002, Hasselhoff tomó la decisión de ingresar en la clínica Betty Ford, situada en el rancho Mirage de California, con el fin de someterse a un tratamiento para intentar acabar con su adicción al alcohol –consecuencia, al parecer, de una potente combinación de soledad con minibares–, tuvo que enfrentarse a los feroces ataques de los medios de comunicación. «Con franqueza, cuando, a los 50, me comprometí a cuidar de mí mismo como debía ser, ya sabía perfectamente que aquella situación por la que estaba pasando la iban a explotar las revistas todo cuanto pudieran. Pero me comprometí a ello por mis hijas», explica. «Sabía que me había llegado el momento de llevar una vida sana y saludable. A mí ya me había machacado determinada gente, que se había dedicado a escribir cosas absolutamente negativas sobre un hombre que lo único que hacía era intentar solucionar el problema que tenía y que no era otra cosa que una enfermedad muy parecida al cáncer. Y toda aquella gente, ¿por qué explotaba mi grave situación de tan mala manera?».

Sin embargo, asegura que, en cambio, a pesar de los duros ataques, sintió el apoyo incondicional que le demostraron sus fans devolviéndole aquel mensaje que él siempre había proclamado en la televisión: «Cree en ti mismo, mantén una actitud positiva y nunca jamás abandones la lucha, porque los sueños se convierten en realidad».

Esa gran constancia de sus fans es un tema recurrente en su autobiografía. Unos fans a los que se topa a diario, bien porque rodean su automóvil en cualquier lugar del mundo donde se encuentre, bien porque, postrados en camas de hospitales, le escriben cartas rebosantes de admiración y cariño. Y, también, diseñando sitios en Internet en su honor.

¿Y por qué supone él que quienes hacen las críticas de sus series de televisión nunca las han recibido con el mismo calor y entusiasmo que los telespectadores? Hasselhoff se quita las gafas de sol. Sus ojos son de un intenso color azul y su mirada muy penetrante: «Porque estos últimos saben perfectamente cómo soy», contesta con convicción. «Creo que la cámara filma, además, el aura del actor. Y que también fotografía y capta hasta su propio corazón. La gente de verdad, que es la que ve Los vigilantes de la playa, no es la misma que la que hace las críticas. Ellos no son seguidores de verdad, sólo son críticos despechados. ¡Que se den cuenta! ¡Nada menos que 11 años en antena! ¡Y la totalidad de ese tiempo entre los cinco programas más vistos!», subraya.

Fenómeno sociológico. Por lo que concierne a El coche fantástico, la serie logró convertirse en algo más que en un simple producto para televisión. «Es un verdadero fenómeno sociológico. De unas dimensiones mucho mayores que las de Los vigilantes de la playa». El actor mantiene una audaz teoría, quizá bastante simple, sobre las razones de su enorme éxito. «La razón es que trataba sobre la salvación de vidas y no de acabar con la vida de nadie, simplemente. De la misma manera, también nos aseguramos de que no hubiera gente que se ahogara en Los vigilantes de la playa’».

En cuanto a las mujeres, el Hoff también ha sido siempre afortunado. Todo ese encanto suyo, su amplio tórax cubierto por el vello, su mirada centelleante... En consecuencia, su autobiografía no puede sino estar repleta de episodios sobre encuentros amorosos en los sitios más dispares: en el coche, con los cristales empañados por el vapor; en algún rincón del set donde estaba rodando; en la sauna... ¿No le preocupa que sus hijas, que ahora tienen 16 y 14 años, experimenten una cierta sensación de desagrado al leer esos pasajes? «No, no, en absoluto», contesta mientras se abrocha la camisa hasta el cuello. «Todo eso ocurrió cuando todavía era soltero. Ellas saben muy bien que cuando me convertí en marido y padre nunca hubo mujeres a mi alrededor. Quiero decir que, por ejemplo, Danny McBride [un músico perteneciente a la banda de David Hasselhoff ] me dijo en cierta ocasión: ‘Estábamos convencidos de que eras el tío más raro del mundo, porque mientras todos nosotros salíamos a la caza y captura de chicas, tú te volvías a casa. Si nos íbamos por ahí a tomar unas cervezas, tú te marchabas a la cama y, cuando te levantabas, te dirigías directamente a un hospital’».

David suaviza su actitud mientras aparece una sonrisa victoriosa en su cara. «Me encantan las mujeres, pero no necesito dormir con ellas para seguir apreciándolas. Eso es algo que aprendí hace mucho tiempo. Ahora, lo que busco es una chica que se encuentre bien orientada en la vida y que no haya sido arruinada por la fama».

¿Justifica todo lo anterior que sea, por ejemplo, uno de los nombres más buscados en Google? El propio interesado se ha entregado, de todo corazón, a esta última encarnación suya, la de icono kitsch. Incluso públicamente, luciendo una camiseta con la leyenda impresa de «No molesten al Hoff». «Lo que hago es convertir los limones en limonada», confiesa. «Es en eso, precisamente, en lo que soy muy bueno». Y es que seguramente sabe que no todas las páginas en las que aparece en el ciberespacio son amables con su figura. De hecho las hay que le comparan con el anticristo, que le proponen sesiones de depilación y las que incitan a los internautas a desahogarse con lemas tan agresivos como «lo que siempre le quisiste hacer a David Hasselhoff». «¿De qué viviríamos los freakis si no fuera por personajes como él?», se pregunta en otra de ellas.

La verdad es que se ha tenido que enfrentar con el hecho de que circule la idea de que era tan hortera que el único lugar en el mundo en el que creían que era una persona tranquila y con dominio sobre sí misma era en Alemania. Y es que, según él mismo declara, había llegado a Alemania en el momento más oportuno. Uno de sus 14 discos, Looking for Freedom (En busca de la libertad), que salió al mercado en 1989, capturó literalmente el espíritu de toda aquella nación en vísperas, por aquel entonces, de lograr su reunificación. «A la gente de Alemania le encantaba que yo fuera por allí», comenta alegremente. «Aunque, en realidad, la gente me quería en todos sitios. Dondequiera que fuera, no existía ninguna diferencia con lo que me ocurría en Alemania. Y ello era debido al enorme éxito de El coche fantástico. Excepto en Pakistán y La India, donde todo el mundo estaba completamente chiflado por Los vigilantes de la playa».
Nueva vida. Hasselhoff recuerda muy bien el momento preciso en el que sintió que comenzaba su nueva reencarnación, pasando de ser el actor horterilla de una serie de televisión a convertirse en un fenómeno de alcance universal. «Siempre solía tener un montón de payasos a la puerta de mi camerino en el Teatro Adelphi de Londres, donde en 2004 participaba en el musical Chicago [en el que interpretaba al abogado Billy Flynn, el mismo papel que inmortalizó Richard Gere en el cine]. Un día, mientras comenzaba a maquillarme, escuché los gritos de mis admiradores, que chillaban: ‘¡Hoff!, ¡Hoff!’. Estaban todos disfrazados de mí mismo, con sus pelucas y todo, mientras gritaban: ‘¡Queremos a Hoff!’».

Algunos días más tarde, aquellos mismos admiradores volverían al teatro con un automóvil hecho de cartón piedra, igual que el de El coche fantástico. Más adelante, incluso cuatro de estos vehículos se presentaron en la función, colocándose justo debajo del camerino de David. Desde allí, los admiradores en cuestión le llamaban al grito de «¡Michael, soy yo, Kitt!». Hasta en el patio de butacas del teatro se pudo ver gente que llevaba puestas máscaras con su cara.

No demasiado tiempo después, recibió un correo electrónico de una sobrina suya que le decía: «¿Eres consciente de la cantidad de material para insertar en los correos electrónicos que hay yendo y viniendo por Internet y todos sobre el Hoff?». Más adelante, sería el diario Sydney Morning Star el que le entrevistó sobre lo mismo. «Me preguntaron cómo me sentía al saber que la gente me consideraba como una especie de pin up de más de 50 años. Les dije, asombrado: ‘¿Qué? ¿Cómo ha dicho?’. Y me respondieron que mi imagen estaba en todos los despachos de secretarias, que había calendarios con mi fotografía colgando por todas partes y que todo el mundo parecía padecer de hoffismo. Así que no me quedó más remedio que pensar que algo gordo estaba ocurriendo».

Llegados a este punto, se puede decir que, en estos momentos, nos encontramos ante la tercera edad de David Hasselhoff. El actor aparece, en calidad de juez, en un programa de televisión llamado América tiene talento, en el que concursan desde dobladores de cucharas, hasta cantantes, acróbatas o malabaristas. Otro juez del programa, compañero suyo, es Piers Morgan, antiguo editor del diario londinense The Daily Mirror. Hoff describe la dinámica del programa y comenta feliz: «Mientras que a Piers le abuchean, a mí me tratan como a un héroe».

Además, también está preparando Hasselhoff, el musical, un nuevo giro en su vida profesional. «Los papeles a los que he tenido que enfrentarme han sido muy extraños. Me refiero a qué habría ocurrido si me hubieran encomendado encarnar algún personaje más o menos normal en películas como Reservoir Dogs, El Padrino, Bailando con lobos o Lawrence de Arabia».

«Y yo...», levanta la barbilla y su mirada se hace más firme, como la de Mitch Buchanan cuando escudriñaba el horizonte con el fin de localizar a alguna persona que se hubiera perdido en el mar, «yo tenía que hablar con un coche», suspira.
Laura Barton trabaja en el diario británico «The Guardian».
En su web www.davidhassel hoff.com


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