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sábado, 14 de enero de 2012

Conozca a Alejandro VI, el papa que repartió el mundo



CODIGO 32
Por Juan Antonio Cebrián
 Enérgico y despiadado, obtuvo grandes logros para la Iglesia, pero mostraba también otra cara conspiradora y poderosa que miraba siempre por el interés de los suyos.

Es muy escaso el número de españoles que pudieron ungirse con la púrpura vaticana; tan sólo cuatro merecieron esa distinción: Dámaso I (366-384), Benedicto XIII (Papa Luna, 1398-1424), Calixto III (1455-1458) y, finalmente, Alejandro VI (1492-1503), sin duda, el más polémico de todos. Nació en Játiva en 1431 y recibió el bautismo con el nombre de Rodrigo. Pertenecía a una noble familia que, en poco más de un siglo, vio cómo algunos de sus miembros llegaban a lo más alto. Papas, santos, cardenales o príncipes; ése era el destino reservado para los Borja, apellido auténtico de este linaje. Borgia sería la italianización del mismo.

La Italia del siglo XV era un auténtico hervidero cultural y político. En ese fructífero contexto, diferentes potencias y familias pugnaban por el control de aquella península sumida en un renacimiento deslumbrante.

En 1449, el joven Rodrigo viajó a Roma por petición de su tío Alfonso, por entonces cardenal notable en los círculos de poder vaticanos. Alfonso de Borja había sido obispo de Valencia y se preparaba minuciosamente para asumir el papado, consiguiéndolo en 1455 bajo el nombre de Calixto III. Desde ese momento, trabajó con entusiasmo en varias cuestiones, y una de ellas fue rehabilitar la figura de Juana de Arco. Otra, no menos importante para él, fue acomodar en los mejores puestos a familiares y amigos leales a su causa.

Rodrigo de Borja prosperó con celeridad en los tres años que su tío ostentó el cargo pontificio, a la par que desarrollaba sus estudios legislativos en la Universidad de Bolonia. En este periodo fueron numerosas las misiones que Calixto III encomendó a su ambicioso pariente; la más destacada fue el oficio de vicecanciller vaticano, lo que permitía al futuro Alejandro VI entrar en contacto con los puntos neurálgicos de aquel complejo estado.

En 1458 falleció Calixto III, y en ese momento su sobrino ya había tejido lo imprescindible para mantenerse en la tupida telaraña del poder. Se estableció definitivamente en Roma sin perder contacto con su tierra natal valenciana. Aunque las tareas y obligaciones eran abundantes en un personaje de su categoría, no descuidó ni un ápice sus relaciones privadas. En ese sentido, cabe destacar que nuestro ardoroso cardenal y posterior papa tuvo 10 hijos conocidos a lo largo de su vida. Bien es cierto que los famosos fueron tan sólo cuatro, fruto de la pasión con Vanozza Catanei, su amante predilecta. De ese modo, César, Juan, Lucrecia y Jofre pasaron a la Historia como los legítimos Borgia. Los otros, en cambio, representaron un papel más modesto, y fueron relegados al ostracismo en la mayor parte de los casos.

En 1492 fue elegido papa bajo el nombre de Alejandro VI. Su vigor, tenacidad y diplomacia consiguieron magníficos resultados en los 11 años de mandato. Así pues, fue el artífice del Tratado de Tordesillas, por el que se trazaban las fronteras de conquista americana entre Portugal y España, y además concedió a los monarcas hispanos Isabel y Fernando el título de Reyes Católicos, aún vigente en nuestros días. Asimismo, se enfrentó al peligro externo que suponía el Imperio otomano y tomó decisiones legislativas de cierto calado, como la creación de un Tribunal Supremo que controlara los abusos judiciales que se producían en escalafones inferiores.

En el capítulo artístico, encargó a Miguel Ángel la fundamental reconstrucción de la basílica de San Pedro y mandó levantar el edificio principal de la Universidad de Roma. A pesar de tanto trajín burocrático, siempre encontró momento para las conspiraciones que permitían a su familia consolidarse como una de las más poderosas de Italia. Las herramientas que utilizó para estos menesteres fueron, en ocasiones, sus propios hijos, a los que inculcó una conciencia de clase demasiado elevada y cruel, dejándoles claro que lo principal ante todo era la familia.

César Borgia y su padre idearon e impulsaron numerosas conspiraciones en su provecho. Del primogénito –inspirador de Maquiavelo– se dice que llegó incluso a eliminar por celos a su propio hermano Juan cuando éste alcanzó la jefatura de los ejércitos vaticanos. Mientras, la pobre Lucrecia fue la principal víctima de unos y otros, pasando injustamente a engrosar la lista negra de los personajes terribles de la Historia. De ella se llegó a contar que fue amante de su padre y hermanos y que envenenó, empujada por éstos, a todo aquél que se interpuso en el camino de los Borgia. La difamación fue ensalzada por los autores románticos del XIX, los cuales no repararon en argumentos tergiversados a la hora de mostrar vida, obra y asesinatos de la bella italiana.

Alejandro VI, a pesar de las truculencias que rodearon su biografía, fue un digno representante para la Iglesia católica. Falleció el 18 de agosto de 1503 tras soportar una semana intensa de fiebres altas, acaso provocadas por la malaria. La rumorología popular siempre atribuyó su muerte a un envenenamiento sufrido durante un pantagruélico festín del que también participó su hijo César, quien, al parecer, pudo evitar los efectos de la dosis venenosa gracias a su mejor estado físico. El papa, en cambio, no habría podido superar la intoxicación, dado su estado de obesidad y, sobre todo, a una sífilis que empeoró notablemente el cuadro clínico general.

Alejandro VI se hinchó y pudrió de tal manera que los olores de su cuerpo se extendieron por Roma y nadie se atrevía a entrar en su pestilente habitación. Incluso los enterradores tuvieron que fracturarle varios huesos para poder incrustarlo en el ataúd. Un final excesivo para una vida agotadora.

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