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jueves, 22 de diciembre de 2011

Cucharimba, el mago que alegra a la ciudad Corazón

CODIGO 32
La magia de  Cucharimba
En la búsqueda de su identidad propia, se volvió Cucharimba, con cuyo personaje lleva casi 60 años deleitando en las calles de Santiago
Escrito por: Rafael P. Rodríguez
Todo pueblo de la tierra merece tener un individuo como  el “mago” Cucharimba.
Su repentismo inesperado es superior a los trucos, ya conocidos de muchos adultos, que prepara para los niños, que suelen reir hasta el agotamiento.
Se le conoce por sus actos como el del bombillo que enciende mágicamente, el agua que se apoza en un diario y que no salen ni siquiera volteándolo bocabajo y la media escondida, para la que solicita la cooperación de alguien del público.

Hay otro Cucharimba más denso, más diseñado y de aún más contenido que muchos desconocen.
Asimismo, desconocen que su padre-conocido por el mismo apodo-no era menos en la comicidad que su vástago.
Las aventuras cucharimbescas no terminan en esos dramas peculiares de un hombre que se decidió por el trucaje de pueblo para sobrevivir sin delinquir y sin defraudar a los suyos.
En una de esas recientes incursiones de la dirección Nacional de Control de Drogas en un barrio, los agentes del organismo lo atestaron contra una pared para fines de registro.
Desde dentro del grupo surgió una voz que ordenó (¿o sugirió?) darle una de esas caricias bruscas-un buen golpe en la cabeza-que se reservan en ese tipo de organizaciones contra  algunos y que a su juicio califican para ello.
Cuando escuchó la orden, el mago de los niños sólo preguntó ¿a quien es que le van a dar, al coronel Cucharimba? De inmediato, su magia y una intervención oportuna de alguien que no identificó como el ser inofensivo que es, detuvo la acción “aleccionadora”.
 Estaba su hijo durmiendo en una habitación de la casa y de pronto, a la llegada del personaje, despertó.
Al verlo le relató que acababa de soñar que se encontraba en New York.
-Pues, sigue durmiendo, mi hijo, para que me pidas, le respondió sin llegar a inmutarse.
En un tercer escenario de esos que le ocurren en la calle, (él que anda en una bien fogueada moto camino al retiro, y que no suele usar casco protector) fue abordado por un agente de la institución llamada Autoridad Metropolitana del Tránsito.
Al verlo en sus apuros de padre que se la busca  para mantener a sus pitufos ya bien crecidos, un paseante le voceó sin vacilar: “Cucharimba, corre, desaparécelo!”.
El más reciente escenario no es el menos dramático: un grupo lo interceptó en la calle para el asalto de rigor. Regresaba el protagonista de su último trabajo de entretención pública.
Les dijo a los vándalos que sólo había picado 500 pesos y ese era todo su capital. No podía darles todo el dinero que portaba.
En el climax del desparpajo y el patetismo, los asaltantes, menos compasivos que decididos y más negociadores que  reflexivos, le dijeron: “pues, vamos a cambiarlos a esa bomba de gasolina” (que estaba cerca del lugar del asalto).

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