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martes, 19 de julio de 2011

Periodista destapa supuesto prontuario delictivo de vocero de alcalde de Tamboril

CODIGO 32
MIAMI, FLORIDA.-El reconocido comunicador y escritor dominicano Johan Rosario hizo público, desde Estados Unidos, un amplio prontuario delictivo que supuestamente habría cometido el vocero del alcalde del municipio de Tamboril, al que atribuye estafas, falsificación de documentos, extorción y robo, por un monto millonario en perjuicio de parientes, amigos, instituciones y del Estado.

A CONTINUACION EL DOCUMENO DEL PERIODISTA JOHAN ROSARIO

NICOLAS SANTOS: La carrera de un delincuente

Por Johan Rosario

Entre las muchas acciones delictivas cometidas por Nicolás Santos figura puntera la estafa hecha a su hermano Ramón Santos, al que mediante un acto de aparente prestidigitación logró convencer para que le facilitara el título de su casa, la que luego hipotecó por una fuerte suma con el prestamista de Gurabo Nelson Domínguez.
Fueron largos meses -narra Ramón- de empalagosa insistencia hasta que -dominado por una suerte de hechizo, llena la cabeza de promesas que resultaron de humo- acabó cediendo al clamoroso despropósito de 'prestar' los papeles de su vivienda por 'par de meses'. La propiedad lleva ya varios años hipotecada, y corre riesgo de ser embargada en cualquier momento, mientras que Ramón Santos hace malabares y apela a la caridad de amigos y allegados para, a duras penas, reunir parte de los altos réditos mensuales que lleva sobre sus hombros, a los que, por inflados, casi no puede hacer frente. Los tuvo que asumir para no perder el único patrimonio material que logró en toda su vida.
Del sujeto que dilapidó el dinero -casi un millón de pesos- como el amigo del caballo, ni por la silla volvió y sólo se sabe que ha virado totalmente el rostro frente al tema y solo mira hacia atrás o toca el intrincado asunto para advertirle a Ramón que 'si sigue hablando algo le pasará'.
Entretanto, a José Rosario -su cuñado- Nicolás Santos también lo estafó con 200 mil pesos (15 mil dólares de la fecha) tras 'venderle' en 2001 unos equipos de imprenta que estaban realmente empeñados y a punto de ser incautados por el empresario Rafael Caraballo (Baby) -de lo cual se enteró José cuando ya era tarde, perdiendo así el abono que, fiándose de la 'honorabilidad' de su pariente, entregó a ojos cerrados como adelanto en la negociación que más tarde devino en estafa-. De nada valieron los muchos esfuerzos hechos por recuperar aquel dinero que finalmente quedó en manos del malhechor.
Cuenta por igual en su prontuario delictivo el engaño a otro Ramón -Mon de apodo-, humilde dueño de ventorrillo ubicado en el populoso sector 'Los Fritíos', de Tamboril, al que le arrebató 50 mil pesos 'para sacarle a su hijo de la cárcel'. En aquel momento se camuflajeó de influyente, alegando tener 'fuertes conexiones con los jueces dominicanos'. Ese dinero jamás apareció y el hijo del comerciante tampoco salió libre bajo 'el poder de Nicolás'. Lleno de lágrimas los ojos un día este pobre señor me contó en detalles cómo le fue robada la importante suma de dinero. Tengo grabada aquella conversación.
Ya antes había rifado una jeepeta fantasma mientras se desempeñaba como Presidente del Colegio Dominicano de Periodistas, filial Santiago y de la Aurora -E León Jiménes- fue botado deshonrosamente largo tiempo atrás porque, en la misma tesitura, lo sorprendieron robando.
A principios de 2010 fue sacado a punta de cañón de su casa, por supuestamente falsificar la firma de otro hermano suyo, Misojo de apodo, humilde hombre del volante y padre de familia al que habría comprometido en una deuda que contrajo en la Cooperativa Médica de Santiago. 'Le cogió la cédula dizque para ponerlo de referencia y luego resulta que utilizó su nombre y le falsificó la firma para tomar un préstamo en esa Cooperativa', nos confió una fuente.
Mediante un gran operativo desplegado en horas de la madrugada, una fiscal acompañada por varios agentes policiales allanaron la casa donde radica el individuo y tras arrestarlo, lo condujeron esposado a la Fortaleza de la policía en Santiago. Aquel aparatoso operativo fue presenciado, con enorme sopresa, por decenas de vecinos del sector 'Los Fritíos'. Salió en libertad gracias a que varios periodistas y dirigentes del PLD intervinieron 'para que le dieran un chance'. Los cargos criminales le fueron retirados, pero tuvo que hacer entrega voluntaria de una jeepeta mitsubishi montero que entonces poseía, con lo cual saldó el monto del nuevo engaño en que incurría.
En New York hay varias personas, Heriberto Pichardo del PLD incluído, a los que en mi presencia les ofreció libros a 10 dólares y al recibir billetes de 20 para la transacción, se hacía el 'chivo loco' y no les devolvía el cambio. Ante la exigencia de las personas para que les retornara el cambio, se escurría alegando que no disponía del mismo y que 'más tarde' les devolvería. Nunca el dinero volvió a manos de las personas. Son más de 25 los casos como este. Todos están dispuestos a testificar.
Lo ayudé en 2007 a vender más de 300 libros, "El despertar de un río Impredecible" se llama la obra, sin condición alguna, y de paso lo alojé en mi casa para asistirlo mejor en la materia. Hasta publicidad le coloqué gratuitamente en la Revista Latina y en Supercanal Caribe y logré colocarlo también como orador central del reinado de Haverstraw. Solo en esa actividad vendió más de 60 ejemplares. Al final ni las gracias dió, ni a mí ni tampoco a Ramón Soto y Arismendy Martínez, directores del periódico El Sol de New York y organizadores del certamen que le sirvió como plataforma, dejando una larga estela de negativos comentarios por la inconducta observada.

En el Club de Manhattan, en otro acto organizado por este servidor en coordinación con Felipe Rosario, entonces Presidente del Centro Comunal Tamboril, vendió sobre las 50 copias y tuvo el tupé, en mi propia cara, de venderle un ejemplar a Felipe, olvidando la necesaria cortesía que debió tener con quien lo ayudó al indiscutible éxito del acto de lanzamiento. Días más tarde Felipe Rosario me llamaría lleno de indignación para comentarme 'la indelicadeza de Nicolás'. También allí ofertó por micrófono los libros a 10 dólares, pero a nadie devolvía cuando recibía billetes de US$20, en un nuevo capítulo de su actitud tramposa.
En otro orden, una señora se quitó la vida, y días antes acusó en público al mismo maleante de no pagarle una deuda que mantenía con ella, dinero que la mujer aseguró usaría para comprarle alimentos a sus hijos. Frente a una gran multitud congregada en Los Fritíos, vociferó con energía: "mi muerte será por culpa de Nicolás Santos". Dos semanas más tarde la señora se suicidaba tomando un letal veneno. Dejaría una nota en la que subrayaba las razones de su suicidio, saltando a relieve en primer orden el nombre del mismo sujeto al que ella días antes responsabilizó de su muerte.

Y lo más reciente, de lo que poseo documentación también: tanto él como su esposa Carmen Rosario intentaron, con documentos falsificados de nuevo, hipotecar una casa que no les pertenece, la cual está ubicada en el mismo sector 'Los Fritíos', en Tamboril. Se trata de la casa familiar de los Rosario (propiedad de Daniel y Carmenelia Rosario, padres de Carmen)
RELATO-
Una tranquila mañana de sábado sonó el teléfono del hogar que por entonces compartía con mis padres en New York. Nunca timbraba antes de las 10 am, pero ese día ocurrió y el repicar insistente del aparato automáticamente me hizo presagiar algo malo.
Como un poseso salté de la cama y contesté al aparato, envuelto aún en las brumas del sueño. Y en efecto, mala hora resultó aquella. Era el profesor Ramón Santos quien, sin apenas saludarme correctamente disparó de inmediato, temblorosa pero firme la voz: "Johan, soy Ramón, de Tamboril. Estoy parado frente al play municipal y voy a matar a ese ladrón de mi hermano, hoy mismo termino con la vida de Nicolás Santos. Una cosa sí te garantizo: no lo mataré sólo a él. Tu prima -Carmen Rosario se llama- también disfrutó con el robo que juntos me hicieron. Voy camino a Los Fritíos a vengar la burla que entre los dos me han hecho".

Mareado todavía y sin reponerme del todo ante lo que mis oídos acababan de escuchar, logré balbucear algunas descompuestas palabras: -Ramón -atiné a preguntarle- Te sientes bien? Estás solo ahora? Su respuesta fue seca y cortante, de sólo cinco palabras: Sí, y no pienso detenerme. Era tal su ofuscación que no entendió bien mi pregunta inicial.

En ese instante comprendí lo delicada de la situación, la que presagiaba tragedia, y me enfrasqué en una larga conversación con mi interlocutor para intentar conocer mejor los motivos de su temeraria desición e intentar desmontarla de mi manera mejor. No vale la pena -le dije tan pronto terminó el largo monólogo con el que filosofó sobre sus motivos- que fracases por algo material, que a fin de cuentas tendrá siempre solución. Aparte -le seguí razonando- Nicolás es tu hermano y mancharte con su sangre sembrará luto en toda tu descendecia. No hay dinero en el mundo ni bien material que valga más que tu libertad y la tranquilidad de los tuyos. Piénsalo, al menos ese deseo concédeme, ya que has confiando en mí para interceder en el tema.

Respiró profundo y entonces me contestó, casi tres minutos después de un angustiante silencio que pareció una eternidad: "Llama a alguien más directo de la familia y hazme una conferencia. Solo así me detendré. Quiero que Daniel, tu tío, sepa lo que está pasando y se involucre". Tuve que mover rápido el cerebro, porque de repente me nublé con todo lo que, amenazante cual mar crecido, se precipitaba a mis oídos. Ví pequeño el menú de opciones en ese instante oscuro, en el que una catástrofe familiar asomaba, y llamé al único de la familia cuyo número telefónico localicé en la prisa de la mala hora, la que sin yo llamar tocó a mi puerta aquella mañana. Se trataba de Aurelio Rosario.

Enterado minuciosamente de la situación por boca del propio Ramón, Aurelio de inmediato mostró extrema preocupación y al igual que yo lo emplazó a deponer su violenta y desafortunada determinación. -Es que tú sabes, me han arruinado, que mi mujer no duerme, que si mi vida se ha gastado, que he envejecido prematuramente. Lo tengo que hacer para lavar el honor de mi hogar -insistía. Que si no es fácil perderlo todo, que yo solo sé todo lo que sufro, que si fue casi por un millón que hipotecó mi casa, que ese ladrón, que esa ladrona, que si la estoy a punto de perder, que si he visto borrarse mis días, que si mi espíritu se ha anulado. Que mi mujer está interna, que si mi hijo ha enloquecido por lo mismo. Fueron esas, entre muchísimas otras, las angustiosas y martillantes palabras de aquel hombre que, hundido hasta lo más hondo de un peligroso abismo, reaccionaba así frente a la inminente pérdida de su casa, único patrimonio familiar acumulado en 30 largos años de labor magisterial y la que, mediante acto notarial, le habían anunciado sería embargada el miércoles de esa misma semana, o sea, cuatro días después de nuestra conversación primera.

Luego de mucha pericia y de negociar con él, Ramón nos dió tanto a Aurelio como a mí el teléfono del prestamista con el que había sido contraída la deuda hipotecaria. A partir de allí, sin saber cómo pero ya ligados al tema de sopetón, sin guardar relación alguna con la historia, salvo la condición de primo hermano de Carmen, iniciamos una ronda de conversaciones que pasó desde el prestamista original de la deuda -Nelson Domínguez de nombre- quien nos enteró de las muchas oportunidades concedidas a Nicolás, el marido de mi prima. Que si era un rastrero, que si le debía varios cientos de miles de otros negocios aún pendientes, que si es un delincuente, que si le había puesto mil fechas, incumplidas todas, que si se le vivía escondiendo y un largo etcétera que no viene ahora a cuento.

Lo cierto es que Aurelio y quien suscribe logramos negociar con el prestamista en cuestión, bajo la promesa de amortiguar parcialmente los intereses con nuestro propio dinero, sacándolo de nuestros bolsillos sin tener realmente vela en ese entierro, y fue así como se mataron dos pájaros de un tiro: Nelson Domínguez, el prestamista, dió garantías de que esperaría par de meses más para ejecutar el prometido embargo y Ramón Santos quitó la mano del gatillo que tenía oprimido casi en la cara de Nicolás.

A partir de entonces me dediqué hasta los huesos a promover reuniones familiares, toqué varias puertas, viajé varias veces desde Haverstraw a Pensylvannia, diligencias tendentes, todas, a conquistar ayuda entre los más cercanos para rescatar a Nicolás y Carmen del obvio agujero financiero en el que estaban metidos. Simplemente me involucré, fuí llamado a una escena ajena a mi mundo, y sin consultar razones ni motivos ví la parte humana y me introduje.

No supe nunca por qué la deuda, ni en qué había sido invertido o gastado aquel importante capital de más de un millón de pesos. Reunimos una suma entre Aurelio, José, Jorge David (hermanos estos últimos tres de Carmen) y quien suscribe y, además de un vuelo para que viniese a trabajar y así encarara el compromiso que le estaba haciendo trizas su tranquilidad y la de su familia, le saldamos a Nicolás Santos esa parte que evitó que Ramón halara del gatillo, aquel que por teléfono me juró que apretaría la mañana negra en que fuí convocado a la dantesca historia aquí relatada.

Fue así, disgregándome del punto central, pero no deja de estar conexo, que pude descifrar el enigma. Supe que algo muy malo ocurría con Nicolás y sus finanzas, lo que es natural en cualquier ser humano. No lo que no resulta gracioso es cómo intentaba siempre 'salir del hoyo'. Cierto que nunca lo cuestioné de frente, solo pensé en la ayuda que podía brindarle al amigo y a mi prima. En uno de mis viajes a dominicana, en 2009 -esto para que dimensionen mejor la historia- recibí una extraña llamada precisamente de Nicolás, quien la misma mañana en que llegué a Tamboril procedente de New York me solicitó 5,000 pesos en calidad de préstamo, para él y Arturo Taveras, periodista también, lanzar una revista electoral. El grupo de los cinco creo que se llamaba. Me explicó que al pobre de Arturo había que ayudarlo, que había caído en la bancarrota, que estaba desempleado y no tenía con qué comer. Al escuchar aquello, paradójicamente entre sueños también, sin vacilar contesté a Nicolás: "No te preocupes, sabes que no hay problema. Esta misma tarde te los paso". Y no puede ser ahora mismo -insistió con desespero. No -le respondí. Estoy acostado aún, Nicolás. Son apenas las 7:45 de la mañana. Llegué por la madrugada, en el vuelo nocturno de Jet Blue. Te veo por la tardecita, ni siquiera he cambiado dinero ni nada aún. Está bien -me respondió- Arturo y yo contamos con eso.
Efectivamente, esa misma tarde, urgido por sus muchas y desesperantes llamadas, nos vimos y le entregué los RD$5,000 requeridos. Grande fue mi sorpresa cuando, ese mismo día por la noche, coincidí precisamente con Arturo Taveras en un acto celebrado en el restaurant Lopizza, y le comenté, contento: "Le entregué la cosa a Nicolás. Disculpa lo poco". Evidentemente molesto y enrojecido casi ipso facto, Arturo reaccionó con sin igual ira: "de qué dinero tú me hablas, Johan?" -me tiró a voz en cuello. "El que tú mandaste a solicitar vía Nicolás" -le respondí. Y no hubo más nada que hablar. Quedó muy claro aquello.
Una tarde cualquiera, varios días después, me acerqué por la casa de Nicolás -que en realidad no le pertenece, esa es la casa de los padres de su esposa Carmen- con la intención de hablar sobre el cuestionable argumento utilizado para los 5,000 pesos y la devolución de los mismos, pero nunca pude introducir el tema, porque apenas acabando de llegar allí, la pareja -Carmen y Nicolás Santos- me solicitó casi de inmediato acompañarle a un extraño lugar, que resultó ser el trayecto que conecta a Cuesta Honda con Licey Los Santana.

Se detuvieron en la solitaria zona, y me hablaron allí de un serio compromiso económico que mantenían con alguien -cuyo nombre no me dieron y yo tampoco les pregunté-, que habían mal empleado el dinero y les era urgente reunirlo 'porque sus vidas corrían peligro...que no dormían'. "Préstanos 25 mil dólares", me increparon casi sin rodeos, mirándome de frente, llorosos los ojos. Les expliqué que no estaba a mi alcance esa suma, que mi capital era pequeño y lo tenía invertido en par de vehículos que mantenía en Supercanal bajo un intercambio.

Insistieron hasta la saciedad, pensando tal vez que estaba a mi alcance prestarles aquella suma, pero les insistí en mi incapacidad momentanea, y entonces me hablaron de una eventual venta de su negocio, una imprenta que tenían en Santiago, y por igual les dije que no veía brecha para adquirirla porque no entraba en mis planes ni posibilidades. Les prometí, eso sí, hablar con algunos parientes a mi retorno a New York para ver en qué podíamos auxiliarlos y así 'evitar la tragedia' de la que ellos mismos me hablaron con gran y desbocado énfasis.
A partir de mi promesa 'de ver qué se podía hacer por ellos apelando a la familia' llovieron las cenas y almuerzos y los encuentros a los que fuí invitado por estos dos señores, hubo galanteos de los más diversos colores, todos con el evidente propósito de resolver su urgencia material del momento. Incluso, Nicolás Santos desentrañó o se inventó no sé de dónde un inmenso legajo de papeles que dijo eran contratos de distintas instituciones del gobierno, que como ya él estaba pegado con el PLD yo solo le tenía que 'avanzar' 80 mil dólares a los funcionarios que tenía de intermediarios, y que me iba a conseguir un gran caudal de contratos publicatrios por encima de los US$200 mil dólares para colocarlos en Supercanal.
Me mostró incluso los supuestos contratos ya firmados. Pero había una condición bien curiosa: los 80 mil dólares tenían que entregarse por adelantado, en el mismo momento de firmar los preindicados contratos. Era una rara forma de publicitar al gobierno dominicano, sacando yo dinero de mis bolsillos por adelantado para entregarlos sini condición a un 'buscón'. Los 200 mil dólares de los 'contratos' llegarían 6 meses después, es decir, el pago correspondiente a las pautas que yo colocaría. Pocos meses después de aquello, hablando yo con el Gerente de Edenorte en una conferencia que dictó en New York y habiendo hablando además con varios directores de las instancias gubernamentales que a la sazón me mencionó Nicolás Santos, pude constatar que esos acuerdos publicitarios solo existieron en la retorcida mente del sujeto. Eran documentos falsificados. Solo quería los 80 mil dólares de avance 'para espantar la mula'.
Su macabro plan aparentemente surgió a raíz de que para explicarle el por qué de mi incapacidad de localizar los 25 mil dólares solicitados a la carrera, le hablé someramente sobre el acuerdo de publicidad que mantenía con Supercanal, el que me daba la habilidad de colocar publicidad en la programación local de Supercanal 33 y también en Caribe -que es la señal internacional de la misma empresa-. La llamada de Ramón Santos, varias semanas después de todo aquello y de que decliné la oferta de los 80 mil dólares adelantados contra los 200 mil a futuro, me terminó de armar el rompecabezas. La deuda de la que me hablaron aquella vez en Cuesta Honda era con él, Ramón Santos. Querían bajar la presión de un lado para ponerla en el otro, incluso con contratos fantasmas y con la misma imprenta que ya antes engañaron a José Rosario con los 200 mil pesos. (CONTINUARA)...


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